Rafael Gómez Pérez
03-05-2006
048/06
Había algunos precedentes,
pero en los últimos años la literatura de religión-ficción está
haciendo su agosto. Como, en cierto modo, "todo es moda" y
la moda pasa, también esto pasará. Pero, mientras, libros como "El
Código Da Vinci" y los que han aprovechado su rebufo comercial
habrán estropeado de algún modo el sentido religioso auténtico de
muchos, a los que hay que compadecer, porque se les sustituye el buen
vino por un mejunje de garrafón.
Veamos, antes que nada,
el contexto. Desde el "Dios ha muerto" de Nietzsche, a finales
del XIX, hemos tenido más de un siglo de anunciadores de la muerte
de la religión o, lo que es casi lo mismo, de una secularización imparable.
Ya se sabe: la Ciencia –con la mayúscula que usurpaba la de Dios–,
al explicar los que antes se consideraban misterios, devolvería al
hombre a la Tierra, como su único horizonte.
No hace falta abundar
en detalles, pero hay toda una serie de autores –Holbach, Feuerbach,
Nietzsche, Marx, Engels, Freud, con sus numerosos epígonos– que trabajan
ese asunto con ejemplar constancia.
Como mucho, diría,
por ejemplo, Freud, el porvenir de la religión será "el porvenir
de una ilusión". Y, de pronto, los libros con temas religiosos
son los que más se venden, a millones. Con una diferencia: es una religión
"prêt-à-porter", que cada uno puede inventarse a su gusto.
Se interviene a capricho en el "corpus" de las creencias,
fabricando el "puzzle" que en cada caso logre vender más.
Se trata de vender
Porque, no se olvide:
se trata de vender. No de otra cosa. Por eso se puede vender hoy lo
contrario de lo que se vendió ayer.
La presencia absoluta
del "marketing" en la industria del ocio, como en cualquier
otra industria, no necesita ser subrayada. Muchas veces no se pregunta
¿esto vale? sino ¿esto se venderá? Es ideal que lo que vale se venda
bien, pero hay muchas técnicas para que lo que no vale nada se venda,
incluso mejor que lo bueno. Y algo inexorable: una vez descubierto un
filón como el de la religión-ficción, casi todas las editoriales
intentan aprovecharse de él, hasta agotarlo. Mientras tanto habrán
visto la luz, con poderosas campañas, "Los secretos de la Biblia
prohibida", "Los amores de Magdalena", "Las revelaciones
de Judas", "Las cuevas secretas del Vaticano", "La
sacerdotisa descuartizada", "Aventuras amorosas de las tres
Marías"… todos títulos inventados aquí, pero que podrían
perfectamente figurar en las próximas oleadas.
No conviene perderlo
de vista, para entender toda la moda de la religión-ficción: detrás,
como en tantas cosas, está la ganancia, la "sacra auri fames",
la sagrada hambre de oro, que decía Virgilio.
Nostalgia de la
creencia
Pero, aunque siempre
hay que contar con artículos vendibles, no todo el que hace algo tiene
antes que nada el proyecto de venderlo. A veces se hace por gusto, por
manía, por desahogo, por ejercitar la imaginación…
En algunas de las obras
de la literatura de religión-ficción se advierte lo que puede llamarse
"nostalgia de la creencia". Son personas que han perdido la
fe o que la han mantenido siempre a medio gas, con cierto complejo de
inferioridad respecto a la Ciencia y la Modernidad. De pronto se sienten
capaces de modificar los datos de la creencia, inventar personalidades,
genealogías, doctrinas esotéricas… Así, en cierto modo, "creen",
"tienen fe", aunque esa fe se funda en lo que ellos mismos
se fabrican. Creen lo que previamente crean.
Todo eso se refuerza
cuando, además, advierten que cientos de miles, quizá millones de
personas, parecen escuchar esa nueva "Revelación", que se
presenta como "prohibida" frente a la oficial, como propia
de "iniciados" respecto a lo que creen los crédulos. El mundo
cristiano ha estado o equivocado durante veinte siglos o, incluso peor,
ha estado falsificando la realidad. Sólo alguna especie de "dan-brown"
ha podido abrir las claraboyas del misterio, difundiéndolo "urbi
et orbi".
La tentación gnóstica
Como apenas hay algo
nuevo, ese filón de la religión-ficción es una mala copia de un movimiento
de pensamiento que se difundió en la Iglesia de los primeros tres siglos,
el gnosticismo, emparentado con creencias muy anteriores y con un esoterismo
de fondo que no ha desaparecido nunca de la historia, que quizá forma
parte de la condición humana y que, en cuanto búsqueda, merece todo
el respeto.
El "fervor"
gnóstico es anterior al cristianismo. Es una tentación comprensible:
la de pretender que se conoce la verdadera realidad espiritual (gnosis
significa conocimiento) y , por eso, se es más espiritual que el común
de los creyentes, más puro que los puros, más divinos, casi, que el
mismo Dios. El gnosticismo quiere adentrarse en los misterios hasta
desentrañarlos. Ya no hará falta creer lo que no se ve, porque se
verá lo que es, la verdadera realidad.
En las varias corrientes
gnósticas, por lo demás muy distintas entre sí, confluyen ideas orientales,
retazos del platonismo y del neoplatonismo, junto a elementos de las
religiones mistéricas, secretas, para iniciados.
En un mundo en el que
se podía advertir ya la fuerza espiritual del mensaje de Jesús de
Nazareth, la antigua raíz gnóstica da nuevos rebrotes. Y, así, entre
las muchas actuaciones del gnosticismo o de movimientos similares destaca
la de redactar, a imitación de los ya consolidados escritos de Mateo,
Lucas o Marcos –compuestos los tres en la segunda mitad del siglo
I– escritos llamados a veces también "evangelios" y atribuidos
a Tomás, María Magdalena, Felipe o incluso Judas Iscariote, casi todos
de los siglos II y III.
Carne y espíritu
Es propio de muchas
corrientes gnósticas la dicotomía rígida entre la materia y el espíritu,
idea antigua que estaba en la religión de Zoroastro, que sigue en el
maniqueísmo y que tendría versiones medievales, como la de los cátaros.
El mal estaba en la materia, la salvación en el espíritu, cosa que
parecía, en principio, muy espiritual. Pero de esas premisas se extraían,
según las diversas corrientes gnósticas, conclusiones prácticas muy
distintas.
Para unos, el único
modo de liberar el espíritu era siguiendo una ascesis extrema, de castigos
y renuncia. Incluso se llegaba a condenar la procreación, en cuanto
propagación de una materia que era inmunda. Para otros, como la salvación
era asunto sólo espiritual, resultaba compatible la pureza del alma
con dedicar el cuerpo a los más variados goces, incluidos desde luego
los sexuales en todas sus variantes, también las aberraciones.
La creencia general
de los cristianos era que en las enseñanzas de Jesús, tal como la
habían transmitido los Apóstoles, estaba contenida toda la revelación.
Los gnósticos sostenían que Cristo –cuya figura estaba por cierto
muy desdibujada, llegándose a negar su humanidad– podía revelar
cosas nuevas a personas singulares, sin más prueba que las que éstas
quisieran presentar. De ahí la variedad de las doctrinas gnósticas.
Ya Ireneo de Lyon,
autor hacia el año 180 de un pionero escrito "Adversus haereses",
se quejaba de que las doctrinas de los gnósticos cambiaban de un día
para otro: "agitados por sus propios vaivenes, cambiando de pensamiento
según los tiempos, sin tener nunca una opinión estable, porque prefieren
disputar acerca de las palabras en lugar de convertirse en discípulos
de la verdad" ("Adversus haereses", III, 94). Pero a
la vez dio la versión más completa de las corrientes gnósticas más
importantes de su tiempo.
La creencia a capricho
Las muchas ramificaciones
del movimiento gnóstico antiguo eran herederas de una vivencia religiosa
muy antigua. No eran en modo alguno movimientos oportunistas.
Lo que se tiene hoy,
la moda de la religión-ficción, ni respeta la antigua creencia cristiana
ni tampoco guarda fidelidad a la herencia gnóstica. Toma un poco de
todo lo que interesa a los efectos de causar efecto, de vender, de escandalizar
quizá, de imaginar "cómo sería una religión si yo tuviera que
inventarla". Sobre todo, de alimentar la siempre existente credulidad:
porque si hay una credulidad religiosa –consecuencia de una falta
de ilustración en la fe–, hay también una credulidad secularizada,
capaz de comulgar con ruedas de "best-sellers".
La utilización de
los temas religiosos en la literatura de religión-ficción es un ejemplo,
además del poder del "marketing", de la depauperada cultura
religiosa, literaria e histórica de la mayor parte de la población,
capaz de creerse algo por el simple hecho de verlo publicado.
No es políticamente
correcto decirlo, pero los gustos del gran público –salvo en asuntos
esenciales como aquellos de los que depende la supervivencia: comer,
tener hijos…– suelen ser mediocres. No ahora, siempre. La misma
masa que aclama a Jesús el domingo pide a gritos el viernes que lo
crucifiquen.
Cualquiera que haya
dedicado su vida a saber en profundad algo de algo, tiene conciencia
de que nunca sabe bastante, pero sabe también que lo que sobre aquello
se piensa comúnmente suele ser, como mucho, una burda aproximación.
En el caso de la religión-ficción
tenemos a una serie cada vez más nutrida de autores pontificando sobre
lo divino y humano, fabricando para uso comercial una mala copia del
gnosticismo.
Aceprensa